Un sexenio de polémica, eso fueron los años de Raymond Domenech al frente de la selección francesa. Seis años y algunos éxitos y derrotas después, se dio por finalizada la era Domenech. Una época marcada por los desplantes y caprichos, pero también por cierta regularidad en lo que se refiere a la participación de Francia en competencias internacionales.
Raymond fue siempre criticado, y su continuidad estaba todo el tiempo en entredicho, sin embargo, cada que finalizaba una competición él seguía en su puesto. No fue sino hasta después del fiasco de Sudáfrica cuando a Domenech, cual Robespierre a finales del siglo XVIII, le tocó su turno en la guillotina.
A pesar de esto, no debe culparse al entrenador de todos los males del equipo. Los problemas de les bleus comenzaron desde la fase clasificatoria al Mundial, donde después de un mediocre desempeño, se enfrentaron con Irlanda en el repechaje. El gol que le dio el pase a Francia, precedido por una clara mano de Henry desató una ola de críticas y comentarios contra los franceses, que incluso pedían su ausencia en la competencia.
Cuando todo parecía que estaba en calma, desde Le Zaman Café en el 8éme apareció Zahia Dehar a cimbrar los pilares del fútbol francés. Benzema, Ribéry y Govou, elementos importantes de la selección estaban sumergidos en un escándalo de proxenetismo y su participación en el Mundial estaba en vilo, no tanto por cuestiones técnicas, sino por problemas extra-cancha.
Los problemas no disminuyeron una vez iniciada la competición. Como consecuencia de los malos resultados, se comenzaron a gestar problemas al interior del equipo. Anelka explotó contra Domenech después de que el segundo criticara su desempeño en el encuentro contra México, y lo sustituyera por Gignac. La reacción del jugador del Chelsea, exagerada desde mi punto de vista al decirle al ahora ex-técnico “Vete a tomar por el culo, sucio hijo de puta”.
Como consecuencia de esto Anelka fue expulsado de la concentración, y esto terminó por resquebrajar a Francia por dentro. Al mismo tiempo que el Puma era excluido del equipo, pesaban acusaciones de conspiración sobre Zinedine Zidane y Evra, capitán del equipo se peleaba con el preparador físico. El grupo no resistió más y los jugadores se negaron a entrenarse en protesta a la expulsión del ex-jugador del Madrid y la revolución estaba completa. El primero en resistirlo fue Jean-Louis Valentin, director delegado de la Federación Francesa de Fútbol quien en medio de la tormenta renunció a su cargo.
Los resultados se observaron en el juego final contra Sudáfrica. A los ocho minutos de juego, Gourcouff ya había sido expulsado y Francia estaba siendo claramente superado por Sudáfrica. Finalmente un gol en la recta final del partido rompió el cero de la ofensiva francesa y terminó con el sueño sudafricano, aunque no fue suficiente para maquillar el paupérrimo desempeño de los azules en el Mundial.
El fracaso fue tan rotundo que tuvo eco en toda la sociedad francesa. Los problemas llegaron más lejos de la cancha para tener una implicación en el Estado y la nación. Si meses antes, los ciudadanos franceses se hacían consultas sobre su identidad nacional, el fracaso de la Copa del Mundo crea un miedo sobre los requerimientos que Francia necesitará para mantener su lugar en el mundo, un lugar que dominaba hasta hace poco y en el que hoy ve la caída de su poder y categoría.
Una Francia dividida, que ha encontrado en el fracaso de un equipo multiétnico la oportunidad de criticar el relativo multiculturalismo francés. Escaparate aprovechado por radicales, como el mismo Le Pen o el ensayista Finkielkraut, quienes relacionan el comportamiento de la selección de fútbol como un reflejo de los problemas en la sociedad y de la vida en los banlieus. En estas épocas se convulsiona el ideal de la integración francesa, ese modelo black, blanc, beur que exaltaba el triunfo de un país formado en la diversidad y que ahora sólo queda como recuerdo de viejas glorias.
El fracaso francés tuvo tanta relevancia, que el Presidente de la República, Nicolas Sarkozy, exigió una revisión del estado del fútbol en Francia y desde el Elíseo se les exigió a los responsables del fracaso sacar conclusiones que pudieran generar cambios estructurales en el balompié francés.
Francia se encontró frente a la verdad que le ofrece su nueva realidad. El fracaso del equipo de fútbol, ha venido a recordarle a los franceses que están perdiendo su lugar en el mundo, que su sociedad se encuentra más que dividida y que el debate simplemente ha servido para sacar a la luz la gran cantidad de problemas nacionales y sociales existentes en el seno de la nación.
Y debido a que la revolución no podía terminar sin el establecimiento de un nuevo líder, Laurent Blanc fue el elegido para dirigir al combinado francés. Blanc tiene una tarea difícil, pero fue su maravilloso Bordeaux el que enamoró a toda Europa y logró terminar con el reinado de terror que venía imponiendo el heptacampeón Lyon en la Ligue 1.
La primera prueba de Blanc al frente de la selección, aunque incluyó una derrota frente a Noruega, no puede tomarse como base. En esa primer convocatoria se destacó el descarte de los 23 jugadores que jugaron en el Mundial Sudáfrica 2010, y se presentaron caras nuevas como Sakho, Trémoulinas, Cabaye, Briand, Hoarau y Menez que me parecen serán muy interesantes, además de los excluidos Benzema y Nasri.
Un nuevo camino comienza para Francia, inician los juegos clasificatorios para la próxima Euro, y los bleus no tendrán un juego nada sencillo contra Bosnia y Herzegovina. La nueva lista de Le Président me gusta, regresan jugadores como Lloris, Sagna, Clichy, los Diarra, o Malouda que tuvieron participación en el Mundial y que habían estado castigados, y se suman a ellos nuevos talentos que ya habíamos mencionado. A pesar de esto, hay algunos llamados que no terminan de convencerme como son el de Mexès o Saha, y algunos que creo faltan como Toulalan, Evra y Ribéry, más claro el suspendido Gourcuff.
Será ahora momento de ver si Blanc puede reconducir a la selección al nivel de gloria que le corresponde por los jugadores que tiene y si el fútbol, tan ignorado generalmente por los franceses, puede ayudar a resolver el enigma de la identidad francesa.
