domingo, 25 de abril de 2010

Allez les Bleus!


Cada país tiene una forma diferente de vivir el fútbol. El público francés ha sido siempre incrédulo con el fútbol, en gran medida porque el juego de su selección, a diferencia del jogo bonito brasileño o el catenaccio italiano, nunca ha sido relacionado con un estilo específico de jugar; y esto se ve claramente reflejado en la apatía con la que los franceses viven el fútbol.


Aunado a esto, nunca antes la participación de Francia en un Mundial había sido tan controvertida. Desde el inmenso fiasco que representó la eliminación en la Euro pasada, las críticas constantes a Domenech; cuyas cábalas dejan en ridículo a los dragones de La Volpe, la calificación in extremis para Sudáfrica; mano de Henry incluida, hasta el reciente escándalo sexual de Ribéry; quien puede verse legalmente afectado por jugar en canchas no reglamentarias, el equipo francés ha sido seriamente golpeado y pocos son los que lo consideran como un claro aspirante al título.

Esta situación contrasta totalmente con la apreciación que se tenía de los Bleus hace diez años. La Francia de Zidane, puede ser considerada como la última gran selección que se consagró a nivel mundial; siendo recordada tal y como fue la Hungría de Puskas, el Brasil de México 70 o la naranja mecánica de Cruyff. Nadie puede dudar que los eventos deportivos son de los últimos lugares donde el concepto de identidad nacional puede expresarse ritualmente, y donde las diferencias se desvanecen en pro del equipo nacional.

Cuando Francia se coronó el verano de 1998 en el Stade de France, se rompió el paradigma de la homogeneidad nacional como símbolo del éxito, el campeón era la consagración de un equipo que expresaba una diversidad cultural impresionante y un origen multirracial al que, frente a un país que todavía realiza consultas para definir su propia identidad, su selección de fútbol era una expresión de diversidad, y en ese sentido, la victoria de Francia en el Mundial del 98 y la Euro 2000, fue un triunfo de la diversidad sobre el nacionalismo tradicional y culturalmente homogéneo.



La victoria futbolística del combinado francés dejó de ser un acto meramente deportivo para trascender como una realidad social, el éxito deportivo reafirmaba la importancia de darle una mayor prioridad a las posiciones que defendían la multiculturalidad y que esperaban una nueva definición de la identidad francesa que reflejara la nueva realidad social. Esta victoria, como podría esperarse, no estuvo exenta de críticas. El sector más conservador de la sociedad francesa criticaba la falta de “identidad nacional” en la selección, y el siempre oportuno Jean-Marie Le Pen, se sentía avergonzado por que La Marsellesa no fuera entonada por "franceses de verdad" y de la artificialidad de su equipo nacional.

Como una extrapolación del éxito deportivo al ámbito social y político, el modelo de adaptación de inmigrantes y multiculturalidad reflejado en la selección francesa, se convirtió en el ansiado reconocimiento público para las minorías que han sido tradicionalmente excluidas. Asimismo, la entonces ministra francesa de Deportes y Juventud, Marie-George Buffet declaraba que la victoria de los Bleus era el reflejo de que Francia podía hacer grandes cosas si estaba unida.

No en vano Camus afirmaba que “Patria es la selección nacional de fútbol”. Por esta razón, el ejemplo de la selección francesa irrumpió en el escenario mundial como un reconocimiento a las minorías, y a su vez un elemento para que el Gobierno Francés promoviera su política de identidad cultural. ¿Por qué?, porque el fútbol es un elemento que estimula, al menos simbólicamente, la integración necesaria para generar identidades que al final se transforman en la base de las naciones; no sobra decir la importancia de apoyar a la selección nacional como una expresión pública de pertenencia y lealtad hacia tu país.

Este éxito deportivo se transformó en todo un fenómeno social, ya que presentó al modelo de la multiculturalidad como un modelo exitoso, contraviniendo la creencia tradicional de la homogeneidad de la población como base del éxito. En un mundo en el que las migraciones son parte del día a día, y que la llegada de poblaciones extranjeras se ha visto como una amenaza a las bases de la identidad nacional, el ejemplo de Francia, mostró que es posible lograr la adaptación y asimilación de los migrantes, e integrarlos al mainstream de valores y símbolos nacionales. Reflejo de esto que la Secretaría General de la ONU haya manifestado públicamente el agrado y aprecio a las contribuciones del equipo francés para la construcción de un mundo más tolerante y equitativo; situación aplaudida también por las comunidades musulmanas al interior de Europa.

Por un momento Francia, “la nación de las naciones”, transformó su identidad, pasó de sus colores “bleu, blanc,rouge” al “black, blanc, beu” (negro, blanco y árabe) y mostró el potencial que tiene el fútbol para producir cambios al interior de una sociedad. Si bien el modelo exitoso no ha podido ser replicado, el equipo francés produjo una transformación en la forma que las selecciones, por lo menos a nivel europeo, eran concebidas.



La selección bleu ha avanzado a una composición en la que ya no es relevante ni el lugar de nacimiento, la piel o el pasado; el combinado francés se ha convertido en el reflejo de una población que aspira a una sociedad equitativa donde la meritocracia y democracia reflejen las verdaderas posibilidades sociales y económicas de una Francia pluricultural. Pareciera que fue hace más de cuatro años que Zidane dejó vacío el lugar del líder de esa selección, y con él la terminación del éxito del modelo, sin embargo Ribéry y compañía no han dado la última palabra, y el 17 de junio en Polokwane veremos si la duda sobre la identidad francesa planteada a principio de año por Sarkozy, tiene también su reflejo en el terreno de juego.

M

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